Galería de Animales

Por Juan Cristóbal Mac Lean


« Nada, a decir verdad, nos está más cerrado que esta vida animal de la que hemos salido  […]. Sin embargo el animal no es simplemente una cosa, no está para nosotros cerrado e impenetrable. El animal abre ante mí una profundidad que me atrae y me es familiar. Esta profundidad, en un sentido, la conozco, es mía. Es también lo que me es más lejanamente sustraído  […]. No se qué de dulce, de secreto y de doloroso, prolonga en esas tinieblas animales la intimidad de la lumbre que en nosotros vela.”

Georges Bataille


Pájaros

Ya sería suficiente, una sola hojeada a los libros, a las láminas que ilustran la historia de la evolución, para que sepamos, recordemos, que las aves ya estuvieron, en este mundo, o si quieren en los cielos de este mundo, mucho antes que nosotros.

Pero antes de seguir con ellas, pensemos en lo de mirar hacia arriba. Habría que poner un poco al revés las especulaciones sobre el bipedismo y, sin más, atreverse a afirmar: la fuente originaria y primordial del bipedismo, la que lo inventó, fue más que nada el ansia de levantar la cabeza, y los ojos, hacia el cielo. O dicho de la misma forma: el hombre se hizo hombre para mirar el cielo. ¿No ha llamado siempre el cielo al hombre? Pero no toca hablar aquí del encuentro, milenariamente lento, de la mirada con el propio cielo, que en sí mismo tiene que haber sido el gran acontecimiento del lentísimo proceso de hominización. Saltándonos ese episodio tan complejo, pasemos a ver directamente el cielo.

¿Y qué es lo que la mirada encuentra en el cielo, lo primero que el hombre vio en lo alto? Pues nubes y pájaros. Esos son los dos grandes habitantes del cielo: las nubes y los pájaros. Y eso, aquí, sin entrar a la noche, al cielo de la noche. Que es otra la historia de la mirada y las estrellas.

Pero ahí estaban entonces, las nubes y los pájaros, cada uno hablándole al hombre en lenguajes distintos e incomprensibles. Pero es al hecho de los pájaros al que queremos referirnos aquí. Los pájaros, que ya estaban surcando el cielo cuando el hombre elevó sus ojos, tienen muchas más edades que las nuestras, y las suyas se hunden en la noche de los tiempos –en los cielos de los tiempos. Y eso es algo que, como dijimos, cualquiera puede constatar pasando las páginas, demorándose en las ilustraciones, libros o manuales dedicados a cuestiones biológicas. Los pájaros son, en efecto, habitantes más antiguos de la Tierra –y el cielo- que nosotros mismos -y que a veces eligieron quedarse por los cielos. Esa última aseveración, sin embargo, hay que matizarla: hay pájaros que prefieren los jardines, y hasta las plazas, pájaros no excesivamente habituados a surcar el cielo azul. A ellos pertenecen el picaflor o colibrí, el gorrión, la paloma. Otros como el hornero comparten cielos y follajes, mientras hay aún aquellos como el halcón, “en lo alto suspendido” (Montale), que de tan alto que están siempre, rara vez se dejan ver de cerca. Y están los que surcan los cielos, las distancias, vuelan y vuelan, vuelan toda su vida las grandes aves migratorias… Los pájaros además constituyen, como no podía ser de otra forma, un capítulo aparte de la relación del hombre con el animal. Cuando hablamos de un pájaro, o los pájaros, por supuesto, lo hacemos aquí en el sentido, si se quiere hasta más poético de la palabra, que de momento excluye a las aves que no vuelan.

En ese distinto universo clasificatorio u orden que todos conocen en lo más primitivo de su corazón, y que no tiene ningún sistema general, que es cambiante, espontáneo y puede ser caprichoso, gallos y gallinas, patos y gansos pertenecen a otro reino –muy emparentado, hay que reconocerlo. Es que son aves domésticas. Y lo propio de los pájaros, en general, es que si bien son el animal (pero a su propio ser “animal” habría que volver aún) más cercano al hombre, una de las presencias más constantes alrededor suyo, son libres y ajenos por excelencia, nunca domesticables. Como mucho se los podrá enjaular, cortarles las alas con tijera y darles alpiste. Cuando no enseñarles a hablar. El loro de Crusoe, el loro de Flaubert, podrán decir mucho al respecto. En todo caso, no existe y menos mal, nada como la domesticación de pájaros. La suya es otra animalidad y ésta nos habla desde otro lado –desde los cielos, las ramas de los árboles. Es fácil referirse, en cambio, a la animalidad de los pájaros, tal como puede hacérselo con la animalidad del mismo hombre. Pero, de ahí a hablar del pájaro como de un cualquier animal, hay un paso, y no es así nomás franquearlo. Es que en esas otras taxonomías y órdenes del corazón, el pájaro tiene su propia categoría, si bien  participa ella de la del animal, al mismo tiempo se evade –se va volando. Las clasificaciones del lenguaje son  insuficientes o no siempre adecuadas para contar del mundo, visto desde el alma. Se pone a todos los animales en una misma jaula conceptual. Y es por una de sus rendijas que ahora mismo vemos huir un pájaro. La rendija taxonómica que había quedado abierta, algo incierta y poco visible, es aquella que separa al pájaro del animal, aunque de ninguna manera haya que esquivar la animalidad del pájaro. Es que a un pájaro la palabra animal no se le pega con la misma naturalidad con que lo hace con un tigre, un perro, un toro, un orangután. Los grandes animales de la tierra poco tienen que ver con él. Además lo detestan, porque raras vez puede servirles de alimento. Tampoco al hombre, a la hora de la verdad –si persistimos en dejar a un lado a los billones de pollos de granja.

Otra vez, entonces: ¿porqué la animalidad del pájaro es diferente, en un sentido que rebasa lo taxonómico científico, de la animalidad de una vaca? Eso tiene que ser, quisiéramos creer, por el carácter de intermediario que tiene el pájaro entre el cielo y la tierra. Gracias a ello, los diccionarios de símbolos tienen varias páginas dedicadas a la entrada pájaro. Y gracias a ello, también, no debe haber otro animal (¡) que habite con tanta asiduidad las páginas de poesía. Y ello hasta tal extremo que, en el conocido caso del gran poeta Williams Carlos Williams,  el gorrión es, directamente, una “verdad poética”:

Este gorrión

                  que viene a posarse en mi ventana

                           es un verdad poética

más que una natural.

Ese sí que es un feliz extremismo poético, podríamos decir. Y, otra vez, esta relación intermedia de los pájaros entre el mundo celeste y el del hombre, entre lo divino y lo humano, es la que hace de ellos la fuente de atisbos filosófico poéticos sin igual. Al pensarlo, inevitablemente uno recuerda este hermoso poema de Yves Bonnefoy que, -como un paájaro- vuelve siempre:

El pájaro de las ruinas se separa de la muerte

Nidifica en la piedra gris al sol,

Ha franqueado todo dolor, toda memoria,

Ya no sabe qué es mañana en lo eterno.

La densidad de este poema nos vale para reafirmar la sospecha de que, como ningún otro animal (¡), el pájaro nos interpela y nos deja entrar a un campo de sugerencias y desconocidas verdades íntimas, ontológicas, con un poder inigualable. Pero, si ese pájaro de Bonnefoy era demasiado “pesado” y denso, volvamos al gorrión. Passer domesticus, es su nombre en latín, es decir pájaro doméstico, por mucho que el gorrión no sea doméstico. Pero, junto con las palomas (tan detestadas por muchos: “!Esas ratas aladas!”), es el pájaro que en cualquier parte siempre está más cerca. Es habitante de plazas, techos y jardines del mundo entero. Y, aunque no tenga la extraordinaria belleza de las golondrinas, cuando en su época planean y revuelan alrededor nuestro, vuelven sus nidos de los balcones a colgar, es indudable que al gorrión la humildad y pequeñez, los pequeños saltos, le confieren esa calidad más o menos dudosa y bienvenida gracias a la cual puede decirse, simplemente, que forman parte de la vida de muchos hombres –de los hombres sentados en los bancos de la plaza, por todo el mundo. Sin que uno lo note.

En un número de Letras Libres, Gabriel Zaid le dedicó un precioso artículo al gorrión. O mejor dicho al gorrión y a los diccionarios. En ese artículo, cita esta preciosa definición hallada en el Covarrubias, del siglo XVI:

“Avecica muy conocida, por criarse en los agujeros de las casas, dentro de los lugares, especialmente donde pueden hallar algún grano de trigo o migajas de pan que comer; y así acuden a los corrales donde hay aves, a los mesones y paraderos donde comen las bestias. Díjose [llamóse] gorrión del canto o chillido que tiene: girri o gurrí, y así muchos le llaman gurrión, quia garrit [porque gorjea]. Esta avecilla es muy astuta y recatada, y con andar siempre entre gente, nunca se domestica. Llámase en latín passer, a patiendo [padeciente], según la opinión de algunos, porque padece el mal caduco [el mal que hace caer al suelo, la epilepsia] o gota coral [la gota del corazón, otro nombre de la epilepsia]. Plinio [Naturalis historia], libro 10, capítulo 36, dice que este pajarillo es lujuriosísimo, y a esta causa vive tan poco que el macho no pasa de año, las hembras viven algo más. En sintiendo aire corrupto de pestilencia desamparan

el lugar, y donde se conservan es señal de sanidad. Al que es pequeño de cuerpo y garañón, dicen que es un gorrión.”

Ahora dejemos ya también a otro gorrión posado, en este cierre de página, posado por la mano de Eugenio de Andrade:

Cuántos años hace que estás ahí, en la era,

o en el tejado, arañando

el pan difícil de sol a sol,

aceptando las migajas de nuestro corazón

compartiendo entre el polvo

la cama de nuestra condición.

Zorro

Conmoción súbita, rayo que dura, temblor de no pasar. Zorro surgido de la nada, entre las rocas, como una flecha de color dorado-pelirrojo, tal vez pequeño, raudo, apenas visto, entre visto. Su salto un salto a un tiempo anterior al tiempo de un pestañeo. Su aparición/desaparición que súbitamente desgarraron mi seguridad visual, abrieron la delicada casa del susto, allá donde un propio desguarnecimiento esencial se reveló por un segundo. Cuando volví a mirar el mundo el zorro ya había desaparecido.

¿Y quién era yo ahí, paralizado en la piedra? ¿Ahí, por la casa del zorro?

Eso ocurrió altiplano muy adentro, caminando. Un día de 1998.

Uno debiera fechar, recordar, todos sus encuentros con animales.

Cómo fue su primera vaca. Cómo fue su primer sapo. Y los insectos que poblaron vastos territorios de la infancia.

Los caballos en el circo, el león en el zoológico, el gorrión en el jardín; pero está también el animal feroz, y nunca visto, que acecha por la noche, el que aguarda junto al ojo de agua…

Vacas

Un día de 1958, en La Cabaña, un lugar de Argentina, Witold Gombrowicz cuenta en su diario que al ir caminando por una avenida bordeada de eucaliptos de pronto se le apareció, saliendo de detrás de un árbol, una vaca. Que se miraron “al blanco de los ojos”. El cruce de miradas cuestionó súbitamente su propia humanidad. Lo embarga un “Sentimiento extraño y sin duda sentido por mí por vez primera — esta vergüenza del hombre frente al animal. Yo había permitido que ella me mirara y que me viera — esto nos hizo iguales — y de golpe yo mismo me convertí en animal — pero un animal extraño, casi diría prohibido.” Y sigue, un poco después: “Me siento empujado hacia abajo, en esta confrontación con el caballo, con el coleóptero, con la planta, por mi deseo de «reanudar con la inferioridad».” ¿Pero qué es este deseo de “reanudar con la inferioridad”? En otro contexto del aludido, en otra parte y con otro ruido de fondo, hay que tener cuidado con el empleo de la palabra “inferioridad”, muy acorde con la retórica gombrowickziana. Es que aquí, simplemente, no se alude a una inferioridad inferior. Lo que está en juego es algo que está por encima y se alimenta de pulsiones primordiales, como en una suerte de atavismo ontológico. Gombrowikcs lo entiende como algo que se libra en su lucha por la inmadurez contra la madurez, o por lo inexpresable contra lo expresado.

Estas líneas de su diario fueron publicadas en un el librito (Anagrama 1972) de su Correspondencia con Jean Dubuffet. ¿Se las habrá enviado algún momento al pintor? Porque ahí están, ya también, las vacas de Dubuffet. Y no es nada raro que ambos coincidan en el terreno de una vaca. Las grandes pinturas de las vacas en Dubuffet al mismo tiempo las arrancan de todo prado y las ponen ante nosotros en una posición sórdidamente totémica, pero también vagamente ridícula y desde la que nos miran o miran el mundo como a otra realidad, más o menos absurda y que no podemos alcanzar pero que el pintor sí llega a señalar. De pronto ellas, las vacas, y nosotros mismos, nos encontramos en otro prado, ahora incómodamente desconocido. Algo de la bovinidad de todas estas esas vacas se burla, o hace caso omiso, otra vez, de nuestra propia, aparentemente en orden percepción del mundo.

Pájaro rojo

Por la tarde, en algún lugar en las inmediaciones de Ivirgarzama, iba caminando atento, solo, por un sendero  amigable y muy hermoso, donde los pasos de uno no parecían perdidos -debido a que la tierra los acogía. Los poderes de la tierra, del recodo, la voz del paraje: son  tantos los encantamientos que envuelven el alma. El mismo lugar está de pronto denso, cargado de acontecimiento. Basta una hormiga, una brisa y ya todo está sucediendo. Un canto de pájaros por allá, cigarras horadando el aire, sonidos de animales lejanos e inimaginables cric cric glú glú.

Entonces, más que por sus pies, uno está sostenido por su respiración. Una respiración que, además, quizá no es únicamente la propia, así como a uno lo envuelven lianas muy lejanas, lo comprometen hormigueros muy cercanos, lo cerca la múltiple densidad del mundo y los latidos del propio corazón trafican con la savia de los árboles.

Todo ya está ocurriendo  y la totalidad está dada a los sentidos, pero por eso mismo hay como una expectativa mayor, y si bien ya todo está cumplido, o por eso mismo, también late una atmósfera de inminencia; se quisiera una señal o un signo  condensado en su propia Pronunciación, que es la de todo el rededor .

Casi da pudor decirlo, contarlo o inventarlo, pero esa tarde vi esa Pronunciación o sentí un latido mayor y telúrico, vi efectuarse esa puntualización de todo el cielo y de todos los árboles, la tierra,  cual si acudieran a su propio resumen o punto de cristalización. Y eso vino desde el cielo, bajo la forma de un pájaro, de un pájaro rojo.

Pero inicialmente cuando se posó en una rama, pequeña silueta contra el nubladío y dirigí mis binoculares, lo hice sin esperar demasiado. Al cabo de un instante lo tenía bien enfocado. 

Todo rojo!  Con capuchón igual de rojo. En ese rojo, raro en el mar de verdades verdes,  parecieron concentrarse todas las líneas del paisaje, como en esos dibujos geométricos en que las líneas confluyen y se concentran en un punto por el que todo huye y se devuelve. El temblor de verlo, la tan inesperada y contenida gloria de estar viéndolo.  Pequeño pájaro rojo, posado allá en la rama hundida en lo inalcanzable, en la instantánea intimidad de cielo y tierra.

Destello, chispa del movimiento del todo, tan secreta como huidiza, huidiza: ¡ya se iba!

Pero mientras el pájaro rojo estuvo parado en esa rama

el cielo gris arriba no hizo nada ni acusó el vuelo súbito que me dejó

sin pájaro y sólo y sin sendero y sin saber  ya dónde mirar

después de haberlo visto

al pájaro rojo.