Anaconda

Por Magela Baudoin


De qué manera deberé llamarte si no sabré quién seas entonces. Yo misma no podré describirme, ni ofrecerte una taxonomía reconocible, ya sin escamas, con todas estas úlceras en la piel. Tu insistirás y jurarás que me conoces desde hace mucho. Me darás, incluso, un nombre. Yo no sabré si seré macho o hembra, aunque por ahora use el femenino. No sabré tampoco si anciano o neófito; si mamífero, ave, insecto, pez, árbol. Si será mi destino seguir reptando, oscura, bajo la solitaria noche (para robar un verso de Virgilio). No podrás escucharme porque la voz todavía me saldrá muy para adentro. Se interpondrá entre nosotras la muerte, que siempre será una marca del tiempo, tan solo eso (el tiempo en que vivirá tu madre o la mía, tu hermano o el mío, tu hijo o el mío, vos o yo o nadie). Te contaré cosas del pasado, como que habré visto (¿o habré sido?) una serpiente que los antiguos llamaban basilisco, pero mucho más atlética, mucho más brillante y estranguladora que la que muestran los libros. Cuatro hombres no serán suficientes para abarcarla con los brazos, cuando dentro de ella expire una bestia con colmillos. Y te diré más: eso que se cuenta en la mitología tendrá talla de blasfemia. No será ella la que hará caer los pájaros ni perder los frutos, no. Su mirada no será la que rompa las piedras ni queme los montes ni envenene el agua a su paso, como decían de mí. Pero eso, tú ya lo sabes desde antes de mañana y lo habrás olvidado.