Colaboraciones

¿Cómo leen las mujeres? ¿Cómo se lee a las mujeres?


Por Claudia Peña Claros

Cuando llego a visitarlo, mi padre me mira con una mirada levemente reprobatoria. Estás muy panzona, me dice. Sé que estoy panzona. Le contesto: “Tengo casi cincuenta años y tres hijos. Tengo derecho a ser panzona.” Es lo primero que se me viene a la cabeza. No puedo decirle la rabia que me provoca su comentario, ni por qué. Sé que no es la mejor respuesta.

Una mujer debería poder, sencillamente, tener el cuerpo que tiene, y punto. Pero todas las mujeres recibimos diariamente indicaciones acerca de cómo deberían ser nuestros cuerpos. Todas hemos experimentado, y experimentamos cada día, el peso de las miradas sobre nuestros cuerpos… incluso la mirada nuestra.

Las mujeres siempre hemos sido miradas. Hemos sido el objeto de la mirada masculina. Una mirada perversa, que nombra, que califica… y que nos desaparece.

La historia de la humanidad es una triste historia de negación de la mitad de las potencialidades que anidan en ella. La civilización occidental nos ha negado a las mujeres el conocimiento, la invención y la expresión. Eso es algo que nos enseña el feminismo: el silencio de las mujeres es resultado de siglos de silenciamiento impuesto… y después del silencio, viene la desaparición.

Por eso, cuando la pregunta es ¿cómo leen las mujeres?, la primera impresión es que la pregunta es innecesaria. ¿Acaso no leemos todos y todas igual? ¿Acaso no accedemos a más o menos la misma literatura? ¿Que cómo leen las mujeres? ¡Como el resto del mundo, por supuesto! Pero después, si lo pensamos bien, no. La pregunta encierra algo más.

Me parece imprescindible partir de este principio: estamos preguntándonos cómo leemos nosotras, que andamos con esa densa historia de dominación y silenciamiento a nuestras espaldas. ¿Cómo leemos nosotras, las que hemos sido y somos el objeto de la mirada? Cuando a nosotras nos toca mirar (porque leer es mirar), ¿cómo lo hacemos?

Vuelvo otra vez al feminismo, porque el feminismo, además de sus contribuciones a la filosofía, a la ciencia política, a la economía, a la historia, etc., también hace contribuciones interesantísimas a nuestra manera de mirar y, por consiguiente, a nuestras maneras de leer.

Entonces la primera constatación es esa: que de lo que leemos, la mayor parte está determinada por el poder: de las editoriales, de los buenos negocios, de los flujos del consumo cultural, del sistema del arte. El feminismo nos enseña que lo que conocemos es en realidad lo que queda, después de que todo “lo otro” (lo marginal, lo “disfuncional”, lo “no valioso”) haya sido ignorado y anulado.

En segundo lugar, debemos tener en cuenta que cuando leemos o cuando escribimos, lo hacemos a través de un idioma, el castellano en nuestro caso, que está construido según la lógica masculina hegemónica, que determina a lo masculino como lo universal, que impone un pensamiento binario, pero que sobre todo y más allá de lo lingüístico, que perpetúa una construcción simbólica del mundo. Es decir, soporta los imaginarios de la sociedad y despliega delicados mecanismos para reproducir los sistemas de dominación que nos mantienen como un objeto más de la mirada masculina.

Las teorías rebeldes nos muestran otros mundos, otras formas de organizar las vidas de las mujeres, de los varones y de la enorme diversidad. Viendo eso, nosotras ahora también podemos, al leer, comparar un sistema social con otros. Y así leemos mejor, porque podemos leer desde afuera.

Los aportes del feminismo a las relaciones de poder también nos permiten leer entre líneas para descubrir cómo se manifiestan las relaciones de dominación y subordinación, y luego esa capacidad de ver el poder también nos permitirá desnudarlo en nuestra vida, en nuestras relaciones, en la calle, en los gestos, en los discursos.

Desde que empecé a leer sobre feminismo, mi mirada es otra. Descubro, por ejemplo, la incapacidad de muchos autores del llamado boom latinoamericano para construir personajes femeninos cabales y complejos. Ya no puedo dejar de ver el rastro de quien escribe, la especificidad humana e histórica de quien escribe, la red de relaciones en la que esa persona vive sumergida. Y así, a veces puedo vislumbrar los límites de ese mundo.

Recuerdo hace muchos años, leí en algún libro que en alguna zona rural hace siglos, las mujeres, impedidas de ir a la escuela, prohibidas de salir a conocer el mundo, imposibilitadas de decidir el uso de sus cuerpos y de su espacio, subían a los techos de sus casas para alargar la mirada, para lanzar los ojos más allá, para ocupar, aunque solo sea como visión, una porción más grande de aquello que desconocían y que les fascinaba.

Eso mismo le ofrece el feminismo a la mujer que lee…

Y también a la que escribe. Porque cuando escribo, ahora me pregunto ¿qué estoy poniendo en duda, qué rutina estoy cuestionando, qué lugar común puedo dinamitar, qué pregunta indecible puedo colocar en la cabeza de la mujer que lee, en qué espejo deforme y subvertido podemos vernos las dos?

Queda poco tiempo. Las miradas son cada vez menos sobre este mi cuerpo que bordea los cincuenta años. Debo dedicarme a mi tarea, que es mirar y dejar un rastro. Porque el peligro es inminente, tal como dice Diamela Eltit, nuestra maestra, en la novela “Los vigilantes”:

“Solo lo escrito puede permanecer pues las voces y sonidos, de manera ineludible, desembocan en el silencio y pueden ser fácilmente acalladas, mal interpretadas, omitidas, olvidadas. Te escribo ahora nada más que para anticiparme a la vergüenza que algún día podría llegar a provocarme el escudarme en el silencio. Sé que aunque el resultado de este juicio me condene, no voy a morir en realidad. Quiero asegurarte que comprendo que no estoy dispuesta a una extinción física, sino que mi aversión surge ante la inminencia de una muerte moral. Ah, imagínate, seguir aún viva y no sentir nada.”

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