Colaboraciones

La conciencia de Malú


Por Camila Urioste

Miro a mi alrededor. Plano general. Madrugada. Un bus lleno de personas durmiendo. La humedad empaña las ventanas. Un bebé empieza a llorar. Primer plano. Un joven rubio, definitivamente francés,  duerme recostado en dos asientos, con la cabeza apoyada sobre una mochila. Giro de 180 grados. Una mujer de cabello castaño, de nacionalidad no definida, lo mira dormir desde su asiento al otro lado del pasillo. Está despierta y su lucidez (mi lucidez) contrasta con la madrugada. Hay algo de repudio en su mirada, mi mirada, un gesto de asco, como si oliera algo desagradable. Lo cual es cierto.

*

Conocí al francés hace 24 horas, cuando el bus paró de repente en medio de la noche. El francés dormía, como ahora. Y yo estaba despierta, como ahora. Fui una de las primeras personas que bajó del bus cuando el chofer mandó a su ayudante a decirnos que el camino estaba bloqueado. Bajé con un argentino que pensaba poner en su sitio a los bloqueadores de un putazo. Yo hubiera hecho cualquier cosa para escapar del hedor a pañales y mandarina que había en el bus, así que fui con él.  Empezamos a caminar por la ruta que serpenteaba atestada de autos varados. El argentino ensayaba las groserías que diría a los campesinos para convencerlos de que sean amables y nos dejen pasar. Luego de 20 minutos de caminata, llegamos a una planicie que dejaba ver la ruta en línea recta hasta que se perdía en el horizonte. Y la hilera interminable de autos y camiones que no iban a ninguna parte.

Regresamos al bus. En silencio.

El francés estaba parado en medio de la autopista, mirando a su alrededor como un niño perdido en un centro comercial. Yo caminaba absorta, pensando en si mi mp3 tendría suficiente batería para aguantar hasta que levantasen el bloqueo. Debo haber tenido en la cara esa expresión que pongo cuando estoy muy concentrada, una expresión de quien sabe dónde está parada. Porque me miró como si yo fuera el guardia del centro comercial. ¿Sabes qué pasa?, me preguntó. Su acento era rotundamente francés.

Ni idea, respondí.

Subí al bus. El me siguió. Me senté en mi butaca en la fila 2, junto a la ventana. El asiento a mi lado estaba vacío. El francés preguntó si se podía sentar. En realidad me miró con cara de huérfano y yo sonreí, lo cual él tomó como una invitación para sentarse. Se suponía que era una sonrisa burlona. Diseñada para herirlo. Hice una nota mental de definir mejor mis expresiones faciales. 

¿Boliviana?, me preguntó. Siempre va a molestarme esa pregunta. Me hace sentir que tengo de defender ante todos mi nacionalidad solo por el hecho de tener piel clara. O que debo pedir perdón por no ser morena. O que quien lo pregunta intuye de algún modo que la respuesta es complicada.

Sí, respondí. ¿Tú eres gringo? Es lo peor que se le puede preguntar a un francés. O lo sería si me entendiera. ¿Estados Unidos?  

No. De Francia, me dijo. Se veía dolido.

Ahhhh. De Francia. Casi sonrío, pero pensé que podría confundirlo. Al parecer no tengo dominado el arte de la sonrisa sarcástica. Me puse los audífonos de mi mp3, lo encendí y miré por la ventana. Estaba amaneciendo.

*

En La Paz, antes de comprar el pasaje a Cochabamba me cercioré de que los conflictos en esa ciudad habían terminado. La semana anterior había habido paros y bloqueo de camino. Los indígenas estaban protestando un plan del gobierno de construir una represa en la selva. La represa destruiría el último bosque de Bolivia. Había habido dos muertos. Los medios informaban que se había establecido el diálogo y que todo había vuelto a la normalidad. Llamé a la Terminal de buses y una joven muy amable me aseguró que los caminos estaban expeditos. Le agradecí. Llamé a la empresa de buses Orinoca. Un joven no menos amable me dijo que el camino estaba despejado como el cielo azul. Con esas palabras. Como el cielo azul. Debí haber sabido que algo andaba mal. 

***

La batería de mi mp3 duró hasta las ocho de la primera noche. El francés tenía un discman a pilas. No soporto el silencio combinado con noche y humedad. Por eso acepté cuando me invitó a sentarme a su lado con un gesto de la mano. Llevé mi manta enorme, de lana, y la extendí para cubrirnos a los dos. El francés se me arrimó lo más que pudo y me pasó uno de los audífonos diminutos de su discman. Me ruboricé. Me dio vergüenza que entendiera tan claramente mis motivos.  

Así pasamos la mayor parte de la noche, escuchando música cubiertos por mi manta. El francés se había traído como 200 discos mini, de esos en que entran hasta 10 álbumes completos. Los tenía en un porta-mini-discos plateado al que trataba con el cuidado y la delicadeza con que trataría a sus testículos. Cada vez que un álbum terminaba me mostraba otro álbum y me miraba con signos de pregunta en los ojos. Yo negaba con la cabeza hasta que me mostrara algo que valiera la pena. Cranberries. O Nirvana. O Jannis Joplin. El siglo veinte habrá sido uno de los más nefastos para la humanidad, pero su música era insuperable.

Estábamos escuchando Zombie cuando percibí que su atención estaba enfocada en la señora sentada en un asiento dos filas más atrás, del otro lado del pasillo. Era una chola de mediana edad, cuyo equipaje de mano era un aguayo de dos metros tejido en rosados y verdes, en el que cargaba algo del tamaño de un refrigerador pequeño. Por supuesto, el objeto no cabía bajo su asiento, así que lo había acomodado en medio del pasillo. Quien quisiera caminar por el pasillo tenía que trepar por encima. Mientras el francés la miraba, ella comía chicharrón de cerdo en una bolsita de nylon. Con papas y arroz.  A las tres de la mañana.

El francés me tocó el hombro con la punta de los dedos. Me quité el audífono y lo miré. Acercó su boca a mi oreja.

Ya sé lo que vas a preguntar, le dije. Me miró con cara de incomprensión. Había hablado muy de prisa. Quieres. Saber. Dónde. Están. Los. Cholos.

Asintió, un poco sorprendido.

Era el tercer extranjero que me hacía esa pregunta.  El primero me tomó por sorpresa y me reí. ¿Qué dónde están los cholos? Entonces entendí lo que quería preguntar. ¿Te refieres a por qué siempre se las ve solas? A eso se refería. No supe qué responder, pero empecé a prestar atención. En los mercados, en las calles, en los puestos de comida. Las cholas siempre solas, o rodeadas de otras cholas. No se puede reconocer al esposo de una chola por su vestimenta. Los hombres se visten ya sea de traje y corbata o de pantalón y chompa, o de deportivo y zapatillas, como sea. Son las  mujeres las portadoras de esa identidad entre indígena y occidental de la cual se enorgullecen sin comprender del todo.

Están en todas partes. Solo que no se los ve, le dije. Volví a ponerme el audífono, ignorando su expresión de confusión. Tal vez me equivoqué y no era eso lo que me quería preguntar. No importaba. Cerré los ojos y me perdí en el milagro de la voz de Dolores O´Riordan.   

***

Madrugada en el Chapare. Dentro de dos horas el calor y la humedad van a ser tales que tendré que bajar del bus. Y afuera, los insectos van a lanzarse sobre nosotros como un solo animal carnívoro. Llevamos dos noches plantados en medio de la ruta, con kilómetros de autos y camiones varados por delante y por detrás. Muchos de los pasajeros se fueron caminando el primer día. Sin renegar ni hacerse mala sangre. Comprendieron que había bloqueo, tomaron su equipaje, se deshicieron de lo prescindible y partieron. Por eso los que nos quedamos podemos dormir ahora en dos asientos.

Yo quería irme, pero el francés quería esperar. Lo miro dormir y no sé en qué momento nos hicimos compañeros de viaje. Quiero que se despierte. ¿Cómo puede dormir con esta humedad? ¿Con este olor a podrido?

Cuando se hizo claro que el bus iba a estar varado un buen tiempo, yo y el argentino  intentamos organizar a los pasajeros. Iba a ser necesario decidir dónde botar la basura, por ejemplo. Y dónde hacer las necesidades, para que no nos invadiera el olor, ni nos infestáramos de bichos.  Casi fue divertido y me acordé de El Señor de las Moscas, e imaginé que los pasajeros de este y otros buses formábamos una comunidad autosuficiente basada en la solidaridad y aprendíamos a cazar y pescar y elegíamos un líder y yo hacía de mediadora de conflictos.

No nos duró ni un día. A la mañana siguiente había heces fecales bajo la puerta del bus y descubrimos que una muchacha que tenía un bebé había estado botando los pañales sucios por la ventana, en vez de llevarlos al lugar alejado que habíamos designado.  Empezaron a llegar personas de las comunidades cercanas para vendernos agua y comida. Un vaso de agua sucia por el equivalente a dos dólares. Sándwiches de pollo por cuatro dólares. Sopita dudosa en bolsa a tres Bolivianos.

El argentino decidió largarse. Si me pedís que camine cinco días, camino, me dijo. Pero este olor no me lo banco más. Me dijo que me fuera con él, pero el francés me hizo entender con señas y cara de huérfano que estaba seguro de que el bloqueo se iba a acabar pronto, y entonces estaríamos en medio de la carretera sin pasajes a Cochabamba, y terminaríamos gastando más y todo habría sido en vano.

Le hice caso y ahora estoy aquí.

El bebé ha dejado de llorar.  Primer plano. Una adolescente morena da de lactar a su bebé. Tiene ojeras profundas. Una mosca se posa en la frente del niño, y ella sopla suavecito para espantarla.  Primer plano. Una mujer de unos treinta años duerme con la cabeza apoyada en la ventana. En sus brazos un bebé está a punto de caer al suelo. Una niña de tres años duerme acurrucada con la cabeza apoyada en sus faldas. Plano americano. Un hombre de mediana edad, robusto y sudoroso, está parado en medio del pasillo. Saca un contenedor de plasto formo de bajo su asiento y lo coloca sobre el piso. Lo abre y hace un gesto de asco. Saca del contenedor una bolsa de yogurt. El olor invade el bus y algunos pasajeros se despiertan, disgustados.

Plano detalle: ojo cerrado. El francés sigue durmiendo.

Me paro y voy hasta su asiento. Le toco la pierna. ¡Francés! Oye. Se da la vuelta, de forma que ahora está recostado de espaldas. La manta que lo cubre resbala al piso, revelando la cara del Che Guevara estampada en su polera roja. El francés abre los ojos, me sonríe. Bon jour.

Me voy, le digo. Voy a caminar hasta el punto de bloqueo. Dicen que ahí hay gente en bicicletas que te llevan hasta Cochabamba. ¿Vienes?

Él me mira. El olor a yogurt podrido empieza a penetrar en su cerebro, junto con la humedad. Entonces comprende lo que le digo y asiente. 

***

Hay gestos que dicen más de una persona que su hoja de vida. Hay prendas de vestir que definen a la gente tan claramente que da vergüenza ajena.

El primer día del bloqueo, el francés y yo almorzamos sus sardinas con mis galletas de salvado, sentados sobre un tronco entre los árboles. Unos metros frente a nosotros, la madre del bebé y la niña de tres años discutía con una anciana que estaba vendiendo agua de un balde de plástico. La mujer necesitaba agua para la mamadera de su hijo, pero ya no tenía dinero. Un vaso de agua costaba quince bolivianos, casi como el pasaje La Paz-Cochabamba. No se puede regalar, repetía la anciana. La mujer estaba desesperada. Entonces el francés se paró y se dirigió a la madre de los niños. Con señas hizo que lo siguiera a donde estábamos almorzando. Sacó de su mochila una botella de agua de un litro, un termo y un calentador de agua a pilas. Mientras la mujer lo miraba, el francés llenó el termo con agua y metió el calentador. En cinco minutos el agua estaba hervida. El francés cerró el termo y se lo dio a la mujer, que lo tomó tímidamente.        

Yo regalo, dijo, por si quedaba alguna duda. La mujer le agradeció, y le dijo a la niña que diera las gracias al señor tan amable. La niña dio las gracias y regresaron al bus. El francés, a su vez, regresó a sus galletas con sardinas y se las devoró con una enorme sonrisa en el rostro.

Y luego está, por supuesto, la polera del Che Guevara.

***

Mi madre se casó a los 18 años. A los 19 huyó de su casa con nada más que la ropa que tenía puesta, un blue jean y una remera blanca, y suficiente dinero para llegar a la frontera. Era la época de la dictadura de Gregorio Álvarez. Mi madre había sido marxista-leninista desde los doce años, miembro precoz del partido de izquierda del Uruguay, y guerrillera tupamara. La dictadura fue sangrienta, con asesinatos, desaparecidos, tortura.

No sé si huyó de la dictadura o del matrimonio.

Viajó durante años a dedo entre Brasil y Argentina, no sé con quién. Sé que llegó a Bolivia en los años 70, que Bolivia la recibió con una mezcla de rechazo y veneración, y que el sentimiento fue mutuo. Sé que Bolivia se le quedó adentro hasta que tuvo que volver. Sé que estudió periodismo en Santiago, donde era corresponsal para no sé qué periódico de izquierda europeo, que conoció a mi padre en la universidad y que se enamoraron el día en que dio el golpe Pinochet.

Yo crecí queriendo ser guerrillera. Quería darle un beso a Fidel en medio de la barba y miraba la foto del Che y estaba enamorada. Quería ser hermosa como mi madre y matar a Pinochet con una bomba.

Mi infancia terminó el día que entendí que Fidel también era un dictador. 

***

Hace dos horas que partimos. Una citadina como yo debería estar disfrutando de esta caminata. ¡Naturaleza! ¡Aire puro! El sonido de la selva es, a la vez, relajante e inquietante. Los árboles se mecen salvajes con la brisa que atraviesa la ruta de vez en cuando. Pero el calor de media mañana hace la caminata insoportable. Tengo la ropa pegada a la espalda, el pantalón chupado a la piel. La humedad hace del aire una sustancia densa y caliente que me agrede. Extraño el aire seco y delgado de La Paz.  Extraño el aire contaminado de Los Ángeles. Extraño que la sombra sea un alivio al calor. Extraño ver un cerro o un cartel gigante que me diga dónde estoy.  

El francés parece estar lidiando mejor que yo. Camina absorto, mirando a su alrededor con asombro. No es el paisaje lo que le impresiona. Es la hilera de camiones de carga, buses de pasajeros y autos particulares parados a lo largo de la ruta. Y el olor que, de vez en cuando, se hace hasta palpable.

El plan de erradicación de los cultivos de hoja coca en el Chapare busca que los campesinos productores de coca se pasen voluntariamente a la producción de frutas tropicales. No es fácil convencerlos. La coca se cosecha tres veces al año, no se daña durante el transporte, no se pudre y tiene un precio en el mercado sin competencia. La fruta es todo lo contrario. La fruta es frágil. No le va muy bien si se la expone a 35 grados durante 12 horas. Se resiente en un camión de carga varios días. Los bichos no le son amables. Y empieza a despedir este olor.

En las dos horas de caminata hemos pasado al menos diez camiones cargados de fruta en diferentes etapas de descomposición. Y a igual número de choferes en distintas fases de una crisis nerviosa. Varias veces hemos visto la misma escena: un grupo de pasajeros hambrientos piden al chofer que les regale algo de la fruta que se le está pudriendo. El chofer dice que no, que tiene que llevar toda la carga al mercado. Los pasajeros ofrecen comprársela. Señalan el hecho de que se está pudriendo. El chofer responde que si se pudre no es su culpa, pero si alguien se la come, sí.

Por otro lado están los autos particulares. Los de los autos particulares están realmente jodidos. No tienen la opción, como el francés y yo, de irse caminando. ¿Qué pasaría con su auto? Hay mucha gente a lo largo de la ruta, comiendo, fumando, conversando. Se reconoce a los pasajeros de autos particulares por su cara de resignación desesperada. Y porque se nota que ya no sienten el olor.

***

Antes de abandonar el bus, fumé el último cigarrillo que me quedaba. En La Paz, por la relativa falta de oxígeno, los cigarrillos duran más. O, desde mi punto de vista, a nivel del mar duran menos. Estaba absorta en intentar que este no se consumiera tan de prisa, cuando noté que la niña de tres años me miraba.

¿Te estás yendo?, me preguntó. Lo sabía por las mochilas que estaban listas a mis pies.

Su cabello negro estaba peinado en una cola a punto de desmoronarse. Los cabellos alrededor de su cara parecían intentar huir de su cabeza. Sus ojos, sin embargo, eran profundos y quietos. Miraban una cosa a la vez. Como tomando inventario. Ahora se habían detenido en mí.

Asentí, botando humo por la boca. Ella y su madre eran de las pocas personas que quedaban en el bus. Era de entenderse. Yo tampoco me enfrentaría a una caminata de quien sabe cuántas horas con un bebé de brazos y una niña a la que, eventualmente, también tendría que cargar. Pensé en decirle a la madre que viniera con nosotros, que la ayudaríamos a cargar a los niños. Luego lo pensé mejor. Apagué el cigarrillo. Entonces se acercó la madre con el bebé en brazos. Su vestido floreado estaba arrugado. Sus zapatos cubiertos de polvo. 

Es difícil en Bolivia medir la pobreza, y más aún reconocer una persona pobre a simple vista. La madre de los niños podría ser una comerciante de clase media. Tal vez manda a los niños a un  colegio privado y gasta cada año mil dólares para bailar morenada en el Carnaval de Oruro. O tal vez sea una comerciante pobre, o empleada doméstica, y sus hijos vayan a un colegio público, y los lleve en navidad al estadio para que una fundación caritativa les entregue un regalo.

Tomó a la niña de la mano y se la estaba llevando hacia la sombra de los árboles. Le hice un gesto con la mano para que se detuviera. Saqué de un bolsillo de mi pantalón un fajo de billetes arrugados. Eran al menos doscientos bolivianos. Suficiente para comprar agua y comida mientras durara el bloqueo. Le ofrecí el dinero a la mujer, que lo tomó con una sonrisa agradecida.

Thank you. Su acento no era malo. Sonreí. Tenía que disimular la ola de rabia que de pronto me invadía.                     

***

Me fui a estudiar cine a Los Ángeles cuando tenía dieciocho años. El tiempo fue pasando y Bolivia dejó de existir para mí como país. Bolivia era mi abuela. No, era las cartas de mi abuela. Era el jugo picante de las salteñas que aún sentía de vez en cuando, en sueños. Era el sonido de la quena, la cueca, el jardín de mi casa. Bolivia era el amor de mi padre por Bolivia. 

Perfeccioné el inglés en pocos meses y mi acento era excelente. Pero era un acento. Cada vez que conocía a alguien me preguntaba ¿de dónde eres? ¿Mexicana? Detestaba la pregunta, me parecía injusta. Qué significaba decir ¿Soy de Bolivia? ¿Qué era Bolivia? Un conjunto de sensaciones y personas difusas que me definían. ¿Me definían? Me parecía injusto que me hicieran sentir como extranjera, en un país en el que me sentía en casa, solo por el hecho de ser extranjera.

¿De dónde eres?

Regresé a Bolivia después de quince años. Cuando el avión tocó suelo en el Aeropuerto de El Alto, mi primer pensamiento fue que nadie, nunca más, me haría esa pregunta.  

***

Se acerca el mediodía. Plano general. Un camión rojo cubierto de polvo parado en la carretera. Se oye un zumbido, como de mil gatos atragantándose con pelos. Un hombre de cincuenta años, enorme, con marcas de sudor en la espalda y las axilas, camina de un lado al otro. Para. Mira su camión. Camina de un lado al otro. Habla a gritos por celular. Plano cenital. El camión carga un hormiguero de plumas. Acercamiento. Son cientos de pollos, vivos y muertos. Los pollos vivos caminan de un lado al otro sobre los pollos muertos, les rasguñan el cuerpo, les picotean los ojos.

El francés no puede creer lo de los pollos. Lleva quince minutos parado a un lado de la carretera, con la mirada fija en el camión. De vez en cuando mira al camionero y sé que está pensando en qué le podría regalar. Hay una hilera de puestos de comida al lado de la ruta. Imagino que los buses y camiones paran aquí normalmente para descansar. No está del todo mal. Los árboles son más altos y su sombra baña el camino. Los pequeños puestos están viejos, pero limpios. Hay un fuerte olor a pescado frito que,  en estas circunstancias, es casi agradable.

Tomo al francés por el brazo y señalo un puesto de comida que está casi vacío. La fila es solo de diez personas. El francés despega la mirada del camionero con dificultad y me sigue. El puesto es de un azul gastado. Adentro, una chola enorme de trenzas minúsculas y mandil a cuadros atiende a los clientes. Les sonríe y les habla con diminutivos. Una joven delgada de trenzas robustas y mandil blanco fríe pescado en un sartén del tamaño de una llanta de camión. 

Media hora después estamos a las sombra de un árbol, sentados sobre nuestras mochilas, terminando los filetes de pacú frito. No hemos hablado en media hora. Ni nos hemos hecho señas. Hay una especie de magia en comer con las manos. La experiencia se redobla en sensualidad y de pronto el contacto de los dedos con la carne blanda y la grasa resbalando por el antebrazo lo sumergen a uno en el acto de comer, y todo el ser está involucrado. Cuando se acaba la comida es como salir de un trance.  

Me seco los dedos con el triángulo de papel absorbente que nos dieron en el puesto de pescados. Me limpio la boca minuciosamente. Respiro profundo.

Mataría por un cigarrillo.

El francés me mira por primera vez en media hora. Señala el hueso del pacú que quedó sobre su plato con cara de pregunta. ¿De mar?  Le digo no con la cabeza. Del río. Le dibujo un río con los brazos. Ah. Respira profundo. Quedamos en silencio. A nuestro alrededor, algunas personas están masticando coca. El francés los mira. Yo miro al francés. Tiene ojos oscuros y cejas espesas, nariz de francés, y una semi-barba color cobre que le da un aire de misionero. Pero no es misionero. Es enfermero. Al menos eso entendí que dijo mientras caminábamos hace un rato. La verdad no estaba prestando atención. Su piel clara está quemada por el sol. La barba le creció en los últimos dos días y le cambió el rostro.   

El francés mira con atención a un anciano que mastica coca cerca de nosotros. Parece un gnomo desdentado, un ser del bosque, híbrido entre hombre y vegetal. Está sentado en el suelo y saca las hojas de una bolsita de nylon. Toma una hoja. La deshace entre sus dedos anudados, se mete pedacitos en la boca, mastica. Cuando la ha masticado a gusto, mueve los restos de la hoja con su lengua hasta que forma parte de la bola de coca masticada que mantiene en la boca, entre la mejilla y los dientes. La bola es del tamaño de una pelotita de ping pong.

El hombre ve al francés. Le sonríe con cuatro dientes verdes. Dice algo en aymara y le extiende la bolsita de nylon. El niño perdido en el centro comercial me mira, pidiendo permiso. Extiendo el brazo y tomo un pequeño puñado de hojas de la bolsita. Muchas gracias, le digo al señor, que asiente, sonríe y nos mira expectante.

Le doy una hoja al francés. Tomo otra entre mis dedos y le muestro cómo separar la hoja de la venita del centro. Descarto la venita. Él hace lo mismo. Me meto los pedacitos de hoja en la boca y mastico delicadamente. El francés me sigue.

Nunca voy a acostumbrarme a mascar coca. Me marea ese olor fuerte, pungente, que no se parece a nada de este mundo y que entra por la boca, por la nariz y por el inconsciente hasta llegar al fondo del estómago.  

El francés mastica su coca como si fueran turrones de azúcar y él fuera un caballo. Lo hace con una expresión mezcla de asco y deleite. Le doy el resto de las hojas de coca. Escupo lo que queda en mi boca.

Mataría por un vaso de agua.

No lo miro, pero siento la desaprobación del anciano. El francés está por escupir, y el anciano le hace un gesto alarmado que lo detiene. Con algo de dificultad, saca la bola de coca masticada de su boca y se la muestra al francés. Entendido el mensaje, el francés se vuelve a meter la coca.

Es cierto que la coca es sagrada. De hecho, era tan sagrada en tiempos de los Incas que solo los nobles y hechiceros tenían derecho a consumirla y usarla para sus ritos. La coca estaba prohibida para la gente común. Eso cambió cuando llegaron los españoles y empezaron a trasladar a los indígenas hacia las minas de plata. Ahí se toparon con un problema. Los indígenas no soportaban las jornadas de 16 o 17 horas, se cansaban, los vencía el hambre. Esto causaba accidentes frecuentes en los que se morían como moscas, retrasando de manera inaceptable la extracción del mineral.

La solución que encontraron los colonizadores no fue la implementación de la jornada de ocho horas, o la mejora en la alimentación de los esclavos. No. La solución fue la democratización de la coca. Los españoles repartieron coca a los trabajadores mineros. Toda la coca que quisieran. Gratis. Así, los mineros aliviaban el hambre sin comer y se llenaban de una duradera y vigorizante energía para cumplir sus jornadas laborales.

El francés sigue masticando, absorto. A estas alturas, deben haberse adormecido sus labios. Le debe parecer alucinante. Debe estar pensando en lo que dirán sus amigos en Francia. Me mira de pronto y me sonríe con ojos de travieso y una boca en la que parece haber explotado una rana.

***

Seguimos caminando. El francés tiene todavía la bola de coca metida en su cachete. Lo miro y me pregunto cuándo se la va a sacar. Entonces me ve mirándolo y se toca la bolita, con un gesto de pregunta. Yo me encojo de hombros, lo cual él toma como permiso para escupir.

Caminar es ya el estado natural, la caminata es ahora la medida del tiempo y la distancia. Plano general. El sol está bajando entre los árboles. Su sombra y mi sombra son siluetas delgadas en el camino. Primer plano. Nuestros pies avanzan en un solo ritmo, al unísono derecha, izquierda, derecha sobre el pavimento.

Me llamo Luc, me dice, en off, mientras los pies avanzan derecha, izquierda.

Me llamo María Luisa de las Mercedes de Copacabana, le respondo. Pero me puedes decir Malú.

Fundido a negro.

Fin.


*Este cuento forma parte del libro de cuentos “Cuerpos de agua” de la escritora boliviana Camila Urioste, publicado en 2019 por la editorial 3600.

*La imagen que acompaña el texto fue extraída del blog: Elige ver el mundo

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