Colaboraciones

Allá donde te siento


Por Susana Requena

¿Qué es el duelo?, me pregunto en este encierro en el que estamos todos y, como San Agustín de Hipona cuando le preguntan ¿qué es el tiempo?, me digo: no sé, pero lo estoy viviendo. Mi marido murió hace cinco meses. Su corazón se detuvo en la calle, cuando había más tráfico y lo llevaron a la clínica más cercana y menos equipada. Cuando me dijeron que fue imposible estabilizarlo del paro cardíaco repentino, supe que todo sucedió a la hora equivocada y en el lugar equivocado, y que era imposible cambiar lo sucedido, ya nada se podía hacer.

Llegué a casa y me encontré en el baño con el par de chanclos negros de cuero suave que se había comprado en Atenas para poder caminar con comodidad. Desde aquél viaje los usaba tanto dentro de casa y en cualquier ocasión informal que podía.  Eran tan parte de él, que es lo único que hallé que ha tomado la forma de su pisada, de su parada. En un principio me estremecí, en esos chanclos que con el uso fueron marcando cada curvatura, cada dedo, el arco de sus pies, estaba él. Tomé los chanclos, los apreté contra mi pecho y lloré.

Empecé a buscarlos para conversar con él. Me reprochaba el haber salido aquella tarde sin darme tiempo para darle un abrazo y decirle cuánto lo amaba; pero claro, ni yo, ni él sabíamos que esa sería la última tarde que lo vería con vida. Me preguntaba si había sido feliz a mi lado. Y me contestaba yo misma diciendo que sí, que yo sí lo había sido. Otros días me quejaba porque sentía que nuestras ganas de viajar, de construir, de disfrutar del café de la mañana, quedaban truncas. Otro día, le comentaba que quizás era mejor así porque no viviría el deterioro de su salud. Qué extraño, le decía, hablando con los chanclos, te fuiste como cuando jugabas a las cartas conmigo: escondías tu juego y te ibas haciendo terremoto; me dejabas con mi juego colgado, inconcluso y ganabas tú.

Platón escribe Los Diálogos después de que Sócrates bebe la cicuta porque lo extraña, y al imaginar los diálogos, aunque sabe que se ha ido, tiene la ilusión de que sigue acompañándole, nos cuenta Borges en su conferencia sobre el enigma de la poesía, y añade que con seguridad Platón se decía a sí mismo: ¿Qué hubiera dicho Sócrates a propósito de esta duda mía? Me sucede hoy con el par de chanclos, único objeto que aún conserva su forma, su presencia. Las fotografías me conmueven por un instante, nada más, luego del recuerdo de la ocasión y el lugar en donde fueron tomadas se vuelven eso, un registro mudo. Me presto la idea de Cortázar cuando habla del ardiente deseo de los fantasmas de recuperar un asomo de corporeidad y me digo que el par de chanclos me devuelve por un momento algo tangible, me devuelve una parte de él.

Natalia González Requena (acrílico)

¿Dónde estás?, le pregunto. Si pongo atención, algo de él ha quedado en cada rincón de nuestra casa: en la silla del comedor, allí lo siento; en la ropa sin forma, colgada en el ropero, allí lo siento; en la taza de café que se volvió suya, allí lo siento; frente a la tele mirando su serie favorita, allí lo siento; miro el pomelo que tanto le gustaba y no me sirvo porque allí lo siento; en su desodorante, en su champú, en su cepillo de dientes, allí lo siento. He retirado el frasco de su perfume para volver a sentir el aroma de las flores que encuentro en nuestro el jardín. He retirado las dos almohadas al otro lado de nuestra la cama.

Quiero despertar en el medio de la cama y así romper la costumbre de ocupar sólo un lado, como cuando se iba  de viaje y volvía después de algunos días. Quiero convencerme que esta vez es un viaje sin retorno. Sin embargo, cuando ocupo ese centro que busco conquistar, un lado de mi cuerpo detecta, de manera imperceptible, ese espacio que ocupaba su cuerpo a mi lado y hoy está vacío. No hay manera, me digo con desaliento, su huella está en cada lugar, está en mi cuerpo, en mi mejilla derecha donde ha quedado una leve marca del roce de su barba.

Cada día sigo una rutina para no extraviarme porque ahora, desde mi encierro por la pandemia, todas las voces hablan, incluso las más absurdas. Como el recuerdo de “Mi cama”, la instalación de Tracey Emin que vi en el Tate Museum de Londres. Desde entonces no ha dejado de estremecerme la imagen de la cama porque me habla de alguien que ha perdido las ganas de vivir, de quien se ha dejado atrapar en un pozo de sábanas, de quien se ha abandonado. Rechazo esta idea desde mis entrañas y salto de mi cama para tomar una ducha y luego de desayunar, entrar al curso de escritura creativa en línea que sigo desde hace algunos meses, antes de que él se fuera. Leo y escribo y leo y escribo porque es lo único que en estos días me rescata. Entrar al mundo de las palabras y jugar y expresar y descubrir y leer lo que escribo para borrar y corregir, para compensar lo que ya no puedo corregir de la vida, lo que quisiera que fuese diferente y que no puede ser cambiado, ni siquiera una coma. En cambio, desde la escritura tengo esa ventaja: puedo diseñar mi historia para contarla, buscando sentido al sinsentido.

Natalia González Requena (acrílico)

Esta mañana mientras desayunaba, escuché un CD que escogí al azar: Cuecas para no bailar. Después de algunos minutos presté atención a la letra de una de ellas, el autor es Willy Claure, cantautor y guitarrista que ha estudiado este ritmo, herencia del Barroco, y que hoy es parte de la música boliviana. El intérprete de la cueca llama mi atención, una voz recitada, con sonoridad de Jazz, Flamenco, Magreb, Caribe. Es un cantautor español, Javier Ruibal. Seguramente nunca antes ha interpretado una cueca, por eso suena fresca, “como asomarse por primera vez al Homero de Chapman”, repitiendo a Borges cuando cita a John Keats y recuerda en su niñez, a su padre leyendo en voz alta La Ilíada o La Odisea.

Me levanto para buscar la letra de la cueca que llamó mi atención, es la No 14, titula Eres mi mañana. Leo: ¿Cómo concebir tu ausencia, si era tu presencia mi causa y razón? ¿Cómo conseguir mirarte si al abrir mis ojos, se apaga la luz? Con la cueca retomo mi diálogo que no termina. Al menos tengo los chanclos ̶ me digo ̶ y puedo imaginarlo saliendo a nadar en una tarde de verano. Esa imagen queda como coagulada en mis ojos. Y me empujo para seguir leyendo. ¿Cómo no sentir tu aroma si en todas las flores de mayo estás tú? ¿Cómo llegar a tu nube si el viento es tan fuerte y te aleja de mí? Hoy comenzaron los vientos fríos del sur que nos llegan de la Antártida, empujando a los vientos cálidos del norte que llegan de la Amazonía. Y ganaron los vientos del sur, el aire cálido se condensa y comienza a llover; entonces el cielo y yo quedamos en armonía.

En el duelo se enfrentan dos, por eso se llama duelo; una parte de uno, la que no acepta la pérdida, se enfrenta con la otra que la acepta. Me dicen que con el tiempo el dolor se convertirá en recuerdo, en sueño, en cálida tarde, en paseo por el mar o en una canción cualquiera. Emily Dickinson en su poema Tell all the Truth, aborda la idea de lo difícil que es aceptar ciertas verdades: As Lightning to the Children eased. With explanation kind. The Truth must dazzle gradually. Or every man be blind.[1] Esa es la llave de la que habla Huidobro para llegar en círculos hasta la verdad que hoy me es imposible mirar frente porque no me atrevo, podría dejarme ciega.


[1] Como cuando el relámpago se apacigua a los niños. Con alguna explicación. La verdad debe gradualmente encandilar. O cada hombre enceguecería.

*Imagen portada: Natalia González Requena

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