Colaboraciones

Malabarista

Por Graciela Gutiérrez

Una multitud bloquea la carretera troncal que debe recorrer cada día para volver a casa; él disminuye la velocidad, se asegura de que todas las puertas del vehículo estén aseguradas, se coloca el barbijo que le cuelga en la barbilla y baja solo una cuartilla de la ventana. Un hombre de barba y mascarilla se le aproxima. La multitud expectante sostiene cartones: “Nesesito leche para mi bebe”, “Asepto pañales y ropa de ñiños”, “Done sangre hiper-inmune O+ para mi mamá”, “Ayude con la olla común”.

“Patroncito, usté pasa todingos los días por acá, ya lo hemos visto”, dice el hombre de barba. Él responde que está volviendo del trabajo y le alcanza un billete de veinte bolivianos. “Gracias, inge”, dice el hombre de barba y con un movimiento de cabeza hace que la multitud despeje la vía.

Mi marido me cuenta esto, que parece sacado de Mad Max, después de haberse bañado, cuando ya ha metido su ropa sucia en la lavadora. Cada vez que él vuelve a casa siento como si tragara una semilla de durazno, ¿traerá la peste con él?, ¿si nos contagiáramos seríamos asintomáticos?

Él trabaja en la industria alimenticia y ya ha vuelto al trabajo. A mí aún me permiten el teletrabajo, pero sin importar lo que suceda con la cuarentena, ya debo reincorporarme presencial la próxima semana y no sé qué haré con mis hijos. Todos los que me ayudaban cuidándolos son personas de riesgo, por edad y por enfermedades de base. No quieren recibirlos, no lo dicen, pero me preguntan qué haré con ellos cuando vuelva a la oficina y no sé qué responder. Colegios y guarderías siguen cerrados. ¿Me permitirán que los lleve conmigo?

El secretario de salud de la Gobernación de Santa Cruz salía cada noche en todos los noticieros con el informe diario de casos positivos, críticos y decesos. Aprovechaba para pedirnos conciencia, recordándonos que nuestros hospitales no tienen la capacidad, que el sector salud ha sido desatendido desde siempre. Estar en primera línea le pasó factura: dio positivo a Covid-19 y fue aislado con síntomas leves de la enfermedad. Después de su convalecencia y las dos pruebas negativas volvió a las pantallas a hacernos sentir el escarnio de sus palabras por casi tres semanas más. Ha vuelto a dar positivo y ahora está intubado en terapia intensiva de un hospital. En uno de sus acostumbrados llamados a la conciencia indicó que replantearían las proyecciones, hemos superado por mucho el peor escenario. La gente no se está quedando en casa y ahora la peste está en todos los barrios. Lo peor es que aún no hemos llegado al pico de la curva, aún nos queda un largo ascenso y éste coincidirá con el fin de la cuarentena.

A veces leo testimonios de padres de niños infectados con coronavirus, que no pueden verlos, que los aíslan, que mueren sin sus familiares y me imagino en su situación y la única solución que se me ocurre ante esa punzada de dolor es el suicidio.

Pienso que si alguno de mis hijos tuviera que pasar por ello, no me importaría dejar a los otros sin madre, porque yo simplemente no podría cargar con esa pérdida.

Día por medio hago oler vinagre a mis hijos, dicen que si lo pueden oler es que no se han contagiado. Suena horrible, pero me encanta la renuencia con que se acercan, el pequeño estremecimiento que hacen al sentir el aroma, sus narices arrugadas y la confirmación empírica de su salud.

Foto: Graciela Gutiérrez

El teletrabajo, la maternidad, las clases por Zoom, las labores domésticas, ser hija, alumna y mujer a tiempo completo no me parecieran ser compatibles ni factibles entre sí, pero acá estoy en ese acto de malabarismo, sumándole a esos factores una bola aún más pesada: la ansiedad.

Esta semana han retirado a las maestras auxiliares del colegio de mis hijos, así como muchas empresas están cerrando y despidiendo. Mis pequeños dieron un concierto de llantos y aullidos mientras a través de la pantalla veía la triste despedida de una pobre mujer que sosteniendo una caja de cartón rojo en forma de corazón iba metiendo en ella uno a uno papelitos con los nombres de los niños. No pude contener a los chicos como hubiera deseado, me llamaron del trabajo y tuve que dejarlos para ir a atender esos asuntos.

La presión de conservar el trabajo inconscientemente reorganiza las prioridades y los chicos, sin remedio, lo sienten. Hoy mi hijo del medio pidió ayuda a su hermano dos años mayor: ¿qué adjective le pongo a una ant? Pensé que las hormigas pueden cargar 20 veces su peso, que se pasan la vida trabajando, que a las negras se las considera más bravas y mi hijo mayor respondió “black”, simplificando toda su existencia a un color. En su cuaderno también adjetivó ratas rosas, árboles gordos y niños azules. Así lo dejé.

El otro día mi hijo mayor entró al cuarto de la computadora preguntándome qué eran las familias de palabras, le respondí que eran las que salían de una palabra base, como flor y florería o como mar y submarino. Me pidió diez ejemplos y lo mandé a buscar en Google. Cuando terminé los asuntos urgentes de la oficina revisé su cuaderno: zapato y zapatería, casa y casero, zoo y zoofilia, semita y antisemita, raza y racista…

La niña pide ayuda para dibujar un elefante, pienso que yo solo podría hacerlo dentro de una boa, así que la ayudo a buscar un tutorial en YouTube.

Hace cuatro meses que mis hijos no ven un peluquero. Mi hijo mayor, acostumbrado a tener el cabello bajito, me exige un corte. Mi hijo del medio ha solucionado orgullosamente el problema del pelo en los ojos con un agarrapelos de su hermana. El cabello de la niña ya era imposible desde antes de la pandemia.

Mi madre y mi Nana, niñera mía y de mis hijos, están viviendo juntas. Hace casi tres meses que les envío sus alimentos por delivery, no salen y ya están aburridas de estar juntas y encerradas. Sé que pronto podría volver a verlas, pero también sé que no podré abrazarlas. Las amo demasiado para correr el riesgo de contagiarlas.

Hasta ahora yo no he tenido que salir, las compras las hace mi marido, pero cuando pasan los camiones de suministros por la casa, me amarro el pelo, me pongo el barbijo, les suelto el dinero sin tocar y entro a desinfectar bolsas, manos, mascarilla y todo con alcohol y antiséptico.

Todos los días tocan la reja en casa, son niños y familias pidiendo una ayudita. A veces les doy fideo, otras les doy arroz y hoy les di las mandarinas que mis hijos no quieren comer. Después de entregarles, al entrar a casa, vi migajas y suciedad debajo de la mesa. Este fin de semana debemos hacer limpieza profunda.

Es cierto que extraño comer en mi heladería favorita, extraño también estar con la familia y amigos, salir a pasear, pero a todos esos sentimientos les gana mi deseo de evitar enfermar… o perder a alguno de mi clan.

No sé cómo será la vida en adelante, si me atreveré a enviar a mis hijos al colegio cuando éste abra, si seré capaz de enfrentar el nuevo mundo del que me aislé hace casi tres meses, si podré lidiar con la ansiedad que a estas alturas ya me ha rebasado, si lograré resistir el impulso de abrazar a mis viejitas cuando las vea, si continuaré teniendo un trabajo, si seré apta para existir en esta nueva realidad.

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