Mantis

Fuente transformadora


No hay revolución que no esté cruzada por el amor. El amor es político porque crea comunidad. El amor está en las voces que recogemos y abrazamos para este 8 de marzo y para todos los días.

Es la voz de María Galindo en su canto al cuerpo femenino imperfecto, combativo y libre, porque —como ella siempre dice—: “Feas se escribe con efe de felicidad”.

Recogemos, también, dos fragmentos del libro “La guerra no tiene rostro de mujer”, (1983) que revelan el amor de Svetlana Alexiévich por el ser humano, amor incondicional por la humanidad, incluso en sus peores momentos.

Finalmente, incluimos un fragmento del libro “Síndrome de naufragios”, (1984) de Margo Glantz. Una declaración de amor a la vida en la rebeldía de los cuerpos .

María Galindo

María Galindo en el Parlamento de los cuerpos, en Atenas.

El tesoro de las feas sigue escondido y sigue siendo un secreto no dicho. Nadie se atrevió a decir que pertenecer al mundo de las feas es placentero y gratificante. Nadie se atrevió a decir que ser fea es excitante, estimulante y liberador. Al mundo de las feas podemos pertenecer democráticamente absolutamente todas, sin exclusión alguna, porque el mundo de las feas es inclasificable, extenso y divinamente imperfecto, sólo basta con no ser, no parecer, ni querer ser una muñeca.

La fea está libre y puede dejarse ser fea; su mayor libertad es no ser presa del ego de ser bella. La fea está fuera del modelo y por eso tiene más espacio para ser. La fuerza de lo calificado como feo es la originalidad, la exclusividad, la sensibilidad que convierte cada mínimo gesto en intenso. No sufre la condena de los años y no sufre la condena de la mirada que la posee. Es ella la que mira y se come al mundo. Es ella la que toca. La fea tiene otra relación consigo misma, con la ropa y con el mundo. Las feas no somos esclavas de la complacencia y pasamos de no complacer al “otro” a ser para nosotras mismas. 

Hay feas que exploran su fuerza física, porque así como está prohibido que una mujer bella sea fuerte, la fea no necesita ser frágil, ni desprotegida. Hay feas que exploran el silencio y la capacidad de observar el mundo rincón por rincón y detalle por detalle, mientras que las bellas pierden todo contexto. Hay feas que exploran el habla y que con las palabras inventan mundos, cuentan cuentos y arman discursos; mientras que las bellas sólo esperan halagos y enmudecen sin remedio. Hay feas que exploran la música y otras que con un deportivo se lanzan a recorrer el mundo, porque les parece más interesante describir flores, plantas y animales antes que perder la vida frente a un espejo. El mundo de las feas es más complejo que el mundo de las llamadas bellas. La diferencia está en las ventajas de saberse fea. 

Y es que el mundo de las feas, compuesto de las grandes mayorías, es variado y se podría decir infinito; pertenecemos a él gordas como delgadas, altísimas como bajitas, morenas como blancas, las que tenemos cabelleras exageradas y las que somos calvas. No hay común denominador sino el de no pertenecer al mundo de las bellas, no hay común denominador sino el de no parecerse a una muñeca. Las feas somos, una a una, imposibles de responder a una sola talla, a una sola medida; en ese sentido, el mundo de las feas no sólo es variado, sino también radicalmente democrático. Allí valemos por feas, nos repartimos el título como se reparte pasancalla, maní o galletas. Todas podemos ser feas y eso también es maravilloso. 

En el mundo de las feas hay más libertad y menos tiranía. Hay más contenidos y formas, y menos perfección entre comillas. Nos están prohibidas tres profesiones: la de azafata, la de modelo y la de presentadora de televisión, todo el resto del mundo es nuestro. 

En el mundo de las feas la mirada masculina pierde fuerza, languidece y agoniza hasta morir. Por eso, además de ser feas, somos capaces de solidarizarnos con la bella y ofrecerle nuestra comprensión, porque sabemos que ser fea es liberador.

Svetlana Alexiévich

Svetlana por Erik Refner para The New York Times.

La aldea de mi infancia era femenina. De mujeres. No recuerdo voces masculinas. Lo tengo muy presente: la guerra la relatan las mujeres. Lloran. Su canto es como el llanto.

El ser humano es más grande que la guerra…
La memoria retiene sólo aquellos instantes supremos. Cuando el hombre es motivado por algo más grande que la Historia. He de ampliar mi visión: escribir la verdad sobre la vida y la muerte en general, no limitarme a la verdad sobre la guerra. Partir de la pregunta de Dosto-ievski: ¿cuánto de humano hay en un ser humano y cómo proteger al ser humano que hay dentro de ti?

Margo Glantz

Margo Glantz en Bolivia.

[Determiné hurtarle el cuerpo a mi propia patria]

Determiné hurtarle el cuerpo a mi propia patria y tratar a mi padre como si no lo fuera y me vine contigo. La tierra era triste porque sus originarios habitadores han muerto y los huracanes la hieren con tal vehemencia que hasta los árboles de cacao (que a falta de oro provisionaban de lo necesario a quienes los traficaban) han caído. (El cacao era el oro antiguo y el oro sube vertiginosamente amenazando con romper las compuertas de las presas y hacer subir el nivel de los ríos). Algunos niños gozan los viernes huracanados. Las pérdidas son muchas sin embargo y los cristianos viejos se ahogan en un vaso de río. Yo me embarqué con mejor suerte que Julio Verne, y, a la manera de Robinsón, pero algunos años antes que él, salí a buscar fortuna. No me quedé en la isla de Cuba porque podía estar sujeta, como la isla mía, a acciones de los corsantes y mi fortuna dependía de no cruzarme con ellos. Los temía más que a los vientos que devastan y rozan la tierra, además, siendo, como mi padre, de oficio carpintero de ribera, decidí no tener ningún trato con árboles de ninguna especie, ni siquiera para abrazarme de ellos, como hiciera alguna vez Álvar Núñez Cabeza de Vaca en su paso por el Mar Caribe.

A veces Dios nos ciega. ¡Cuál no sería mi sorpresa al ver que la capital de estos reinos era conmigo tan tirana como los vientos con los árboles del cacao o mis antepasados con los originarios habitantes de las islas! Sólo el amor devasta con tanta ternura.

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *