Mantis

Fragmento de la novela Íntimas (1913) – Adela Zamudio.

13 de febrero.

Acababa de escribir lo anterior y eran las doce de la noche cuando Pepe llegó y a fuerza de ruegos me obligó a afeitarme, lavarme y vestirme. Debo confesarte una debilidad: interrogué al espejo a fin de cerciorarme de que el marco rojo de la capucha que ceñía mi rostro —la capucha del dominó que Pepe me había traído, me sentaba bien. Quería aprovechar de una ventaja singular: en la sociedad en que iba a presentarme, era tan perfectamente desconocido con careta como sin ella y podía quitármela en pleno baile.

El salón mal decorado, pero amplio. La orquesta regular. Mucha gente, muchísima. Por más que griten nuestros paisanos, en esta gran aldea, cuatro veces más grande que su ciudad, hay diez veces más gente que allí.

El gran salón, un espacioso hall improvisado en el patio, otro saloncito, la galería donde se sirven los refrescos, hasta la cantina, todo estaba atestado de gente.

Lo que más criticaban todos, era, precisamente, lo que me encantaba: aquello no era un baile de máscaras, ni de fantasía, ni de etiqueta, era todo a la vez. Pocas bellezas en traje natural, muchas de fantasía, muchísimas más modestamente cubiertas por un dominó. Hacía gran calor y a poco de entrar me despojé de la careta. Me ocurrió exactamente lo que me hubiera ocurrido en La Paz o en Sucre: a cada paso, las máscaras, hombres y mujeres me zarandeaban a su antojo.

—Juanito, ¿cómo va?

—Juan, ¿qué te falta?

—Pobre Juanito, ¿estás triste?

A veces, una voz de mujer preguntaba en secreto:

—¿Quién es?

Y el compañero contestaba:

—Juan Estrada.

Fui presentado a dos o tres señoritas con quienes bailé; tras la presentación vinieron las preguntas consabidas.

—¿Qué le parece Cochabamba? ¿cuánto tiempo permanecerá Ud. aquí? ¿ha paseado Ud. ya por el campo?

La cosa empezaba a cansarme, cuando he aquí que a mi vez me hallé en el caso de preguntar:

—¿Quién es?

Una mujer de magníficos ojos negros, me miraba con insistencia. Dos o tres veces sorprendí, fijos en mí aquellos ojos de abismo.

—¿Quién es?

—Victoria Flor, respondió mi compañera.

—¡Victoria Régina!

Y quedé absorto de admiración. Jamás he hallado un nombre más pomposo aplicado a figura más arrogante.

—¿Qué te parece la ondina?, me preguntó Pepe al oído, satisfecho de hallarme absorto ante la reina del baile.

—¡Espléndida!, le dije.

Una túnica interior de raso azul verdoso, velada por otra de tul verde claro, con brillos plateados, simulaban maravillosamente la diafanidad de las aguas profundas; el talle estaba adornado de pequeños ramos de algas. Entre las ondas de tul, los magníficos brazos emergían como pálidos nenúfares. Su garganta de nácar sostenía un rostro divino, rostro de niña, cuya blancura contrastaba con el ébano de su cabellera profusa y sedosa, esparcida en larga cascada bajo el velo verdoso del turbante. Representaba éste una gran victoria-régina en cuyo centro sonreía el rostro casi infantil, de encendidas mejillas y boquita de guinda madura, iluminado por dos ojazos redondos y negros.

Yo había desaparecido de la escena, es decir había cambiado de disfraz. Terminábamos una cuadrilla durante la cual sin candidez, me convencí de que sus ojos me buscaban en el salón. En la segunda vez que nos encontramos, durante la gran cadena, advertida por una ligera presión de mis dedos sobre su pequeña mano, prestó oídos a dos palabras que deslicé al pasar.

—¿A quién buscas?

—A ti, me respondió sin vacilar.

Acabada la cuadrilla, fui a colocarme en frente de su asiento y cuando me aproximé para invitarla a otra que empezaba, alargome la mano por en medio del grupo de admiradores que la rodeaban y desairando a todos aceptó mi brazo.

Bailamos en silencio. Ella aguardaba; yo, temiendo comenzar por una vulgaridad callaba también. Mientras mis vacilaciones, afortunadamente, todo el mundo, viejos y jóvenes distraían su atención disputándose el honor de cambiar con ella algunas frases.

La cuadrilla finalizaba.

—¿En qué piensa Ud.?, se atrevió a decirme.

—Pienso en que esta cadena se asemeja a la de la vida, dije. Fíjese Ud.: así vamos enmascarados los unos en pos de los otros hacia lo desconocido, alargando la mano a seres indiferentes o vulgares mientras el ser a quién buscamos y que tal vez nos busca, se encuentra acaso a nuestro lado.

—Los indiferentes y los vulgares, ¿qué nos importan? respondió. Si el ser a quien buscamos nos comprende, le reconocemos, aunque haya cambiado de disfraz.

Me fue imposible disimular la emoción que me causaba la audacia de su respuesta; se la di a conocer en algunas frases que la inundaron de dicha.

En todo el resto de la noche no bailó sino conmigo. Por fin, a eso de las dos se vio en el caso, previo permiso mío, de aceptar el brazo de un caballero de consideración. Algunos momentos después la hallé rodeada de dos o tres, poniéndose el abrigo.

—Mi mamá se ha indispuesto y me voy, dijo en tonó casi suplicante. ¿Tendré el gusto de verle mañana en casa?

—¡Oh sí!, muchas gracias. ¿A qué hora?

—A las dos.

—Estaré allá.

Por lo que te cuento en seguida, juzga si deploré con razón no haberme marchado tras ella.

Había tomado asiento y permanecía sólo y mudo, cuando una mascarita al pasar, se inclinó para decirme al oído:

—¡Pobre poeta!

Alcé la cabeza sorprendido. En su entonación, y hasta en sus modales, había algo de mi amiga Gracia, pero ésta era más pequeña y más delgada. Pidió permiso a su acompañante y se sentó a mi lado. Su compañero nos dejó solos.

Su delicado talle se veía, perfectamente acusado, bajo los pliegues de un dominó de seda rosa, ceñido por cinturón de terciopelo negro; sus mitones de seda negros dejaban desnudos sus deditos de rosa; el rostro oculto también sólo a medias por antifaz negro, dejaba adivinar el resto de la cara por una garganta fina y redonda, graciosa garganta de mujercita rubia. Se arregló la capucha, se abanicó un poco, y luego me habló con su voz natural y con la sencillez de quien conversa con un amigo.

—Al ver cuán pensativo lo han dejado, recuerdo una estrofa profundamente verdadera. ¿Quiere Ud. que se la recite?

Asentí y recitó la estrofa que contenía una alusión contra Victoria Flor; quise saber quién era aquella enemiga de la hermosa ondina y la invité a bailar.

Tenía en aquel momento tal desabrimiento, mezclado de disgusto que no acertaba a iniciar la Conversación. Después de una vuelta de vals, me lucí con una salida vulgarota:

—¿Le gusta el vals?

Ella oyó: «¿Le gusta este vals?», y respondió al momento con entusiasmo.

—Es tan hermoso y tan triste, y despierta en mí tales recuerdos, que me parece una profanación el bailarlo.

Era un vals de Barragán.

Su estrofa me había picado y quise sacarme el clavo.

—Pues yo, señorita, dije, opino que esto no es música. Podrá ser vidalita, yaraví, guaiño, lo que Ud. quiera, aire nacional, todo, menos música. No es vals ni para bailarlo, porque desacompasa horriblemente.

Avanzábamos paso a paso a lo largo del salón.

—Eso depende del grado de educación de cada cual, respondió sin desconcertarse. Lo mismo sucede en cualesquiera de las formas del arte. Quiere decir que soy en música, tan profana como Ud. en estética. Como me deleita a mí este aire nacional hasta el punto de admirarlo como vals, una cara de luna llena, cargada de colorete, unos ojasos redondos, una nariz irreprochable y una boquita diminuta, le deleitan a Ud. hasta el punto de tomar ese conjunto por una verdadera belleza.

Iba yo a contestar, pero, interrumpiéndome, continuó impávida.

—Si se pusiese un jazmín, por ejemplo, en manos de un niño de pocos meses, para enseñarle luego un girasol, de seguro que arrojaría el jazmín al suelo ansiando apoderarse del girasol, porque éste es grande, porque es llamativo, pero es, en fin, girasol.

—Ya sé quien es aquí el girasol, dije, aparentando indiferencia, pero, querría que me dijese Ud. quién es el jazmín. ¿Quién es, entre los grandes maestros, el que ha superado a todo, cuyas creaciones son la expresión más elevada del arte en música?, interrogó, sin hacer caso de mi pregunta.

—Wagner, respondí vacilando. Pero Ud. respóndame: ¿Quién es el jazmín?

—Es una criatura celestial cuya belleza es para Ud. tan incomprensible como lo son para mí las creaciones de Wagner, dijo.

Sonreí con calma despreciativa.

—¿Querría Ud., mascarita poetisa, dije, repetirme su estrofa?

—No es mía, respondió, es de una poetisa peruana. Y la recitó con marcada entonación. Yo la recomendé a mi memoria:

Un hombre, siempre un hombre, tiene asida

El arma que decide nuestra suerte;

Por la que menos vale, da la vida;

A la que más merece da la muerte.

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