Mantis

Día de la escritora y escritor bolivianos

En homenaje al Día de la Escritora y Escritor bolivianos, Mantis se pregunta: ¿Se puede vivir de la escritura? Estructuralmente, el trabajo de la escritora, ¿qué debe reclamarle al Estado?


El 12 de mayo es la fecha elegida para conmemorar el Día de la Escritora y Escritor bolivianos en honor a dos grandes de las letras del país: el escritor Ricardo Jaimes Freyre, considerado un referente en el modernismo latinoamericano, quien nació en la fecha en 1868, y el escritor Carlos Medinaceli, autor de la novela “La Chaskañawi” quien falleció en la misma fecha en 1949.

Mantis decidió honrar este día pidiéndoles a las escritoras Fabiola Morales, Rosario Barahona y Natalia Chavéz que respondan algunas preguntas fundamentales que interpelan a esta profesión en Bolivia.

M: ¿Con cuál de estas palabras te conectas más a la hora de hablar de escritura? ¿”Carrera”, “oficio”, “trabajo” o alguna otra? Comentános un poco.

FM: Creo que me conecto más con la palabra “necesidad”,  escribo porque necesito hacerlo, mi cerebro se llena de palabras que han de por fuerza canalizar su salida hacia un papel, cuando termino de escribir,  me deshago de ellas y me siento liviana.

RB: Oficio. Un oficio adictivo como observadora del mundo, poseedora del inmenso poder de indagar en la profundidad de las cosas. Gran responsabilidad, por cierto. No es cualquier oficio, quizá porque es carrera y trabajo a la vez.

NC: Espero no ponerme muy poética, pero no escogería ninguno de esos términos: veo la escritura como una actividad de supervivencia casi fisiológica, como comer o dormir. Tengo la sensación de que, si no vacío y manipulo artesanal y contemplativamente las ideas que se acumulan adentro mío a causa de la exposición permanente a los estímulos intelectuales y estéticos del mundo, me voy a hacer de piedra. Por eso mismo pienso que otras cosas son mi carrera; cosas que escojo más estratégicamente a cambio de algo, por ejemplo, dinero, como el manejo de marcas o la enseñanza, que me permiten escribir cuando quiero, y no bajo demanda.

M: La clásica e inevitable pregunta en tiempos de capitalismo feroz: ¿Se puede vivir de la escritura? ¿O cómo solventas económicamente tu profesión?

FM: Supongo que hay escritoras que sí que viven de ello en los países  o situaciones acomodadas.  También podrían ser un mito, no conozco ninguna cuya única ocupación en la vida sea escribir, desde las que trabajan siendo periodistas o docentes,  las que mantienen su lado “ángel del hogar” indemne o al menos vivo,  hasta las que simplemente rascan de su tiempo libre, que es mi caso, porque sus profesiones no tienen que ver ni con lo literario ni con lo humanístico,  las mujeres escritoras creo que tendemos a ser pluriempleadas. 

RB: Bueno, no, “no” es la respuesta a la primera pregunta, “no” en Bolivia, por lo menos y aún yendo más allá: “no” es posible vivir tan sólo de la escritura, sino que es necesario hacer algo más. Lo ideal sería que un libro de cuentos o una novela, como producto intelectual que es, pues sea reconocido y como tal, pagado justamente de acuerdo a la calidad, por supuesto, de su contenido. Sin embargo, salvo en raras ocasiones, esto no sucede así, sino que los pagos por este tipo de trabajo son, prácticamente inexistentes o en el mejor de los casos, puede darse un “pago simbólico”, que se tratará, de un pago mínimo.

Sobre la segunda pregunta: creo que mucho, no me puedo quejar, he tenido buena estrella, me han pagado por una novela, por participar en un libro de cuentos, etc., y a raíz de ello otros pagos se hacen posibles: viajes, hospedajes en buenos hoteles, estipendios varios de acuerdo al trabajo intelectual en cuestión: conferencias, etc. por otro lado, pues hice investigación de la literatura y de la historia, y eso sí puede funcionar como una suerte efectiva de consultoría a la que uno/a como escritor/a, investigador/a, puede ponerle el monto a pagar que vea conveniente.

Ahora, los concursos literarios son otra cosa. Son reales y hasta donde yo he evidenciado, puedo decir: transparentes. Me han tocado los dos papeles: ser concursante a veces y jurado otras veces, pero siempre he trabajado con gente absolutamente idónea. El problema de los concursos es que no llega a todos, ganan sólo uno o dos, generalmente el primero es el que obtiene el premio monetario. No es suerte, desde luego, como muchos fácilmente, vacíamente lo catalogan, sino que va mucho más allá de ello: no es talento, es trabajo. Ganar un concurso es la paga por un trabajo, generalmente, bien hecho.

A propósito, recuerdo un encuentro literario en Santa Cruz, el 2014. Mientras desayunábamos varios escritores en un hermoso y moderno hotel del casco viejo, se me acercó mi gran amigo Eduardo Scott Moreno, piloto aéreo y dos veces ganador del premio nacional de novela. Conversamos sobre libros y proyectos personales de escritura mientras bebíamos café y mirábamos, a lo lejos, la piscina azul. Al final de la conversación me dijo algo que jamás olvidaré: Rosario, nunca dejes de escribir, pero consíguete un trabajo que te pueda otorgar una jubilación.

Le hice caso, creo. En los últimos dos años trabajé en una biblioteca histórica de un museo de arte.

NC: Claro que se puede vivir de la escritura, pero la satisfacción espiritual posible cambia según el escenario, es que hay dos: uno en el que la autora es reconocida o tiene un lugar en la esfera del mercado cultural, y otro en el que a la escritora no se le llama autora aún; no se le conoce bien la obra y no ocupa un espacio con su nombre. En el primer escenario, se puede vivir de la escritura de manera más placentera, en el sentido de que la marca autoral trae consigo la ventaja de que los proyectos para los cuales se requieran los “servicios” de escritura -reseñas, crónicas, edición, talleres de creación, jurado en concursos literarios, etc.- estarán naturalmente más alineados con las propias preocupaciones literarias (a nadie se le va a ocurrir como primera opción contratar a Leila Guerriero para editar una antología de poesía mexicana, por dar un ejemplo absurdo y no del todo infalible porque en el mundo del arte no hay límites lógicos). En el segundo escenario, se puede vivir de la escritura aceptando que hay que hacer ciertos sacrificios conceptuales -escribir artículos de temas que a uno no le interesan mucho, hacer correcciones de estilo, escribir reseñas de materiales que no escogeríamos leer- y contentarse con usar las habilidades que la escritura entrena en ello, lo cual también produce gozo en el proceso, pero quizá no tanto en la valoración del resultado final porque no se alinea convincentemente a nada en el propio universo literario. Para llegar al primer escenario, es necesario transitar el segundo mientras la obra propia se genera en una capa distinta a la actividad laboral.

Actualmente, solvento económicamente mi vocación trabajando en manejo de comunicación de marca y enseñando idiomas. En el futuro próximo, me será posible seguir escribiendo gracias a la seguridad económica que ofrece el sistema académico estadounidense en el que la universidad le paga a los estudiantes de programas doctorales por estudiar e investigar. En el futuro lejano, idealmente reingresaré al sistema académico boliviano y retomaré el dar clases de mis áreas de formación, a cambio de estabilidad para escribir en los momentos en los que no estoy trabajando.

M: Estructuralmente, el trabajo de la escritora, ¿qué debe reclamarle al Estado? (Otras profesiones cuentan con seguro de salud, jubilación, por ejemplo)

FM: El problema creo que está en cómo medir qué es ser escritora(or) , cómo se certifica, en base a qué criterios y experiencias. A partir de allí viene la siguiente pregunta que es ¿una escritora gana lo suficiente para realizar un aporte efectivo de impuestos? ¿Sí? ¿En qué porcentaje? Y creo que esta respuesta está directamente relacionada con la pregunta anterior. Volvemos pues al punto inicial, igual una escritora que vive sólo de su arte es un mito. 

RB: Hay que reclamar buena voluntad política. Que hayan más proyectos gubernamentales bien remunerados (residencias literarias, becas, consultorías) y que éstos estén enfocados principalmente en el trabajo de las escritoras- sí, mujeres, porque en Bolivia existen más escritores que escritoras y esto también es estructural- a nuestro pesar. 

NC: Aunque contradice mi respuesta de la primera pregunta -en que digo que no veo a la escritura como trabajo- si pudiéramos pedirle algo al Estado y que este nos lo concediera, sería sí: un plan de jubilación. Este debería contemplar un cálculo matemático del siguiente tipo: que se cuenten las horas dedicadas a la escritura, propia o freelance (cualquiera que no esté sujeta a un contrato laboral en planilla tradicional), y se promedie la dedicación semanal o mensual acumulada, de forma que se pueda hacer una retención porcentual acorde al número de horas trabajadas. También, si de soñar se trata, exigiría un descuento gremial en negocios de entretenimiento en los que se puede hacer investigación de campo del comportamiento humano para el desarrollo de personajes, como bares, cafés y peluquerías.

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