Cosas Mínimas

Hansel y Gretel


Por Giovanna Rivero

Hace algunos años, ¿ocho?, quizás un poco más, pues Irene todavía chupaba teta y nuestro ritual nocturno comenzaba a las diez de la noche, yo con la mano izquierda sosteniendo la cabecita sudorosa y trabajadora, con la derecha alternando entre un libro y un poro de mate dulce, ella con los puñitos egoístas en las sienes, devorábamos libros raros. Me gustaba leer en voz alta, y no precisamente cuentos para chicos, sino más bien, cuentos para grandes.

Cuentos de horror.

O, mejor dicho, cuentos terribles.

Una historia que recordaré siempre con nitidez y fascinación es la nouvelle del escritor francés Claude Louis-Combet, Hiere, zarza negra. La había comprado instintivamente y con ese mismo espíritu la leía.

Claude Louis-Combet narra la vida, o parte de ella, del poeta austriaco George Trakl, nacido en 1887, bajo el signo de acuario, y muerto por propia decisión el 3 de noviembre de 1914.

El relato comienza con una escena poderosa y hermosamente traumática: un niño mira de cerca el pubis infantil de su hermana. Esta imagen será el corazón de su existencia y de sus búsquedas erráticas. Se convertirá en farmacéutico, profesión que solo lo acercará aun más a la muerte, ya que, desde su trabajo en “El ángel blanco”, farmacia donde se expedía legalmente distintos alucinógenos, su dependencia de la cocaína lo reclutará en el laberinto de una psiquis maravillosa y atormentada, una psiquis que cautivó a monstruos como Wittgenstein y Rainer María Rilke.

Su hermana Gretl, la del pubis angelical, se casa pronto pero se divorcia más rápido, se provoca un aborto y, de alguna manera, se resigna a esa especie de maldición que es el incesto. Trakl parte a la batalla de Grodek en 1914 (Primera Guerra Mundial) y regresa devastado. Se suicida ese mismo año. Gretl se suicida tres años después.

Claude Louis-Combet se aproxima a esta tragedia de la vida real con delicadeza, respeto y pasión, quizás porque —como él mismo ha mencionado—, enamorado de su madre, su propia existencia, la de Louis-Combet, ha estado marcada por la culpa. Es la culpa, quizás más que el amor, su gran motor creativo.

Un poco después, 2003 probablemente, vi la producción española-mexicana Aro Tolbukhin, en la mente de un asesino, de los directores Agustín Villaronga, Lydia Zimmermann e Isaac-Pierre Racine. Una imagen tremendamente poética de esa cinta conecta la infancia de Tolbukhin con la de George Trakl. Como Trakl, Tolbukhin tenía una hermana, su gemela Selma, con quien cometía incesto en los huecos de los viejos árboles. En su fiesta de quince años, la chispa de una vela convierte el vestido de tul de Selma en una zarza ardiente. En la pantalla, el fuego y el sonido dulcísimo de unos cascabeles húngaros y una adolescente despeñándose por las escaleras.

Le leía estos cuentos terribles y maravillosos a mi hija y de vez en cuando ella abría los ojos negrísimos y nos reconocíamos.

*Fotografía de Elena Kalis

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