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Biografías

Colette, la escritora con nombre de reina de burlesque


Por Magela Baudoin

Si se lo escucha bien, Colette es un nombre con más carácter de actriz de burlesque que de escritora. Se mueve, en efecto, con naturalidad entre marquesinas, plumas y portaligas pues parece haber nacido para la molicie y para escandalizar. En cambio, le cuesta imponerse a su propia sensualidad para ser tomado en serio en las catedrales literarias. Su naturaleza es, convengamos, deliciosamente excesiva. Piénsese por un segundo en la belle époque, París, el Moulin Rouge y adquirirá incluso cierta exhuberancia, que linda, además, con el libertinaje y la provocación.

Estamos hablando del periodo comprendido entra la última década del siglo XIX y la primera del XX. Un momento de profundas transformaciones económicas, políticas y culturales, pero sobre todo éticas y estéticas. Los primeros años del siglo XX fueron todo menos convencionales, no se olvide que entre las ataduras del corsé victorianoo emergía la transgresión moral y la profunda fe en el futuro que producía la ciencia, el arte y las nuevas tecnologías. Fue allí donde Colette (Sidonie Gabrielle Colette) se mostró, nada menos que en el music hall parisino, donde provocó verdadera conmoción, besando apasionadamente a otra mujer (que iba vestida de hombre y además era su amante) y exhibiéndose casi en cueros. ¡Vaya descaro! Rubor en Montmartre y patatús.

Pero ésta es sólo la anécdota. Colette fue mucho más que desenfado sexual y vaudeville. Su historia comienza precisamente con su propia experiencia de  insubordinación. Se casó muy joven con Henry Gauthier-Villars, seguramente alumbrada por la vida que le prometía un bueno para nada gentil, cuyo único talento era el de saber vivir a costa ajena y que la animó a escribir una serie de primeras novelas que luego él firmó con descaro. Esta historia me recuerda la de María Lijárraga que, en mundos paralelos y más o menos por la misma época, le escribía las novelas y obras de teatro a Gregorio Martínez Sierra, uno de los dramaturgos españoles más famosos de principios de siglo y que no era más que un vulgar ladrón, lo cual hoy en día está completamente comprobado, pero en su tiempo fue una verdadera proeza revelar.

En el caso de Colette la historia tuvo mejor destino, sin embargo. Ella no sólo llegó a hartarse del talento escamoteado sino también de las constantes infidelidades y abusos de Henry (“Willy” para los amigos), de manera que fue madurando rápidamente el germen de su propia liberación y ya en 1905 lo dejó para estrenarse en el Moulin Rouge. Por entonces, ya había dado luz a su personaje más celebérrimo, Claudine —que Willy no pudo apropiarse—, una joven adolescente de aventuras indecorosas que ponía al descubierto los experimentos de su intimidad y plantaba la semilla de uno de sus temas mayores: la sexualidad femenina.

Claudine tuvo un éxito arrasador, desatando una verdadera fiebre-manía. Sus peripecias fueron llevadas a un musical y su imagen terminó siendo la inspiración publicitaria de varios productos: jabones, cigarrillos y hasta “uniformes” al estilo Claudine. Todo lo cual no fue un ancla sino desde luego un motor. Colette, ya en traje de escritora, produjo más cincuenta novelas y cuentos, que en su tiempo no fueron apreciados como verdadero “arte” por ese empeño suyo de hablar todo el tiempo de sí misma, por su alergia a ponerse antifaces y por su tentación incorregible de provocar, que no pudo dominar ni en la vejez. En 1944, sin ir muy lejos, dio luz a otro personaje portentoso, Gigi, una joven que detesta la “etiqueta” y en cuyo mundo reinan las prohibiciones: usar corsé, porque estropea el talle; empolvarse la nariz, porque arruina el cutis; leer novelas porque produce melancolía… Se trata, sin duda, de su parodia más célebre y menos panfletaria. Y su repercusión fue tal que terminó siendo adaptada al cine y llevada al teatro en Broadway.

Colette volvió a casarse dos veces más y tuvo una hija, a pesar de que no estaba en sus planes. Escribió obsesivamente, de la misma forma en que vivió, pero sin perder su luminoso optimismo y esa voluntad encaprichada que tenía para cambiar el mundo, o al menos su borde próximo. Por ello, no dudó en convertir la mansión de su marido —en plena Segunda Guerra— en un hospital, sin sospechar que aquel gesto le merecería la Legión de Honor. Con el pasar de los años, las catedrales literarias tuvieron que invitarla a transitar por sus pasillos, a pesar de su nombre de reina de burlesque. Fue miembro de la Academia Real Belga y la primera mujer en formar parte de la prestigiosa Academia Goncourt. Así como la única escritora francesa que tuvo derecho a funerales nacionales, claro que sin servicio religioso católico por haberse divorciado. Un guiño final a su fascinante rebeldía.

*Fotografía del archivo de Musée Colette

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